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Consejos para tratar o evitar el hígado graso

Publicado el 26/07/2014

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Existe un grupo de enfermedades que en general se denominan "Enfermedad Grasa Hepática No Alcohólica". Estas enfermedades están caracterizadas por la acumulación de ácidos grasos y triglicéridos en las células hepáticas (hepatocitos). Esta acumulación puede llevar a inflamación hepática con la posibilidad de desarrollar fibrosis y finalmente terminar en el daño hepático crónico (o cirrosis) pero como su nombre bien indica la causa no es el consumo de alcohol.


Entre estas enfermedades se incluyen la esteatosis hepática (conocida comúnmente como hígado graso) siendo esta la forma más común de esteatosis, pero están también la esteatohepatitis no alcohólica y la cirrosis esteatohepatítica.

 

Estas enfermedades se asocian comúnmente con el síndrome metabólico: la obesidad, hipertensión, la diabetes mellitus y las dislipemias.

 

Cuando el daño a la estructura y al funcionamiento del hígado es causado por el consumo excesivo de alcohol se denomina hepatopatía alcohólica.

 

Causas del hígado grado.

En los casos de hígado graso no alcohólico y esteatohepatitis no alcohólica, donde la acumulación de grasa en el hígado también es acompañada por un proceso inflamatorio la causa de ese aumento de grasa a nivel hepático se presenta con mayor frecuencia en personas de mediana edad con sobrepeso y obesidad, a menudo con altos niveles de colesterol y triglicéridos y muchos de ellos con diabetes o primeros indicios de resistencia a la insulina.

 

Pero existen otras posibles causas, algunas de ellas pueden ser: el consumo de algunos medicamentos, hepatitis, que sea una enfermedad hereditaria (afecta a los niveles de enzimas hepáticas que intervienen en el metabolismo del alcohol), que se haya producido una pérdida de peso muy rápida, incluso que exista una desnutrición...

 

En el caso de la Hepatopatía alcohólica, evidentemente su causa principal es el consumo excesivo o abusivo de alcohol, no necesariamente durante un tiempo prolongado, puede darse después de un corto periodo de consumo excesivo de alcohol, en este caso sería una enfermedad hepática alcohólica aguda.

 

Síntomas del hígado graso.

Generalmente es una enfermedad que no produce síntomas, al menos en su inicio, y más aún si la enfermedad es aguda. Si la enfermedad persiste durante un periodo largo que pueden ser años, pueden aparecer síntomas como:

 

  • Fatiga.
  • Pérdida de apetito.
  • Pérdida de peso.
  • Debilidad.
  • Nauseas.
  • Dolor en el centro o parte superior derecha del abdomen.
  • Agrandamiento del hígado.
  • Dificultad para concentrarse.

 

Si la evolución de la enfermedad llega a desarrollar cirrosis, el hígado perdería su capacidad de funcionar y aparecerían síntomas como:

 

  • Retención de líquidos.
  • Pérdida de masa muscular.
  • Sangrado interno.
  • Color amarillento de la piel y ojos (ictericia).
  • Insuficiencia hepática.

 

Diagnóstico del hígado graso.

Hay varias formas en las puede diagnosticarse un hígado graso. Podría diagnosticarse a través de una analítica donde ciertas enzimas hepáticas como la ALT o AST aparecieran elevadas, podría ser tras una palpación en la que el médico note un hígado aumentando de tamaño o incluso con una ecografía abdominal.

 

Pero finalmente se realizaría una biopsia de hígado para confirmar un diagnóstico de enfermedad de hígado graso.

 

Alimentación recomendada para el hígado graso.

La alimentación tiene un papel preponderante en el tratamiento del hígado graso no alcohólico, siendo las recomendaciones actuales la disminución del peso corporal y la modificación de la dieta. Es importante evitar la pérdida de peso rápida o las subidas y bajadas del mismo con frecuencia (conocido como efecto yo-yo). Si existe un problema de sobrepeso u obesidad lo ideal es buscar una dieta adecuada a las características personales de cada uno que le ayude a perder peso de una manera gradual y que posteriormente pueda mantener esa pérdida de peso.

 

Dentro de las modificaciones podemos mencionar un menor consumo de calorías (dieta hipocalórica), aumento del consumo de fibra, disminución del consumo de hidratos de carbono simples, menor consumo de grasas saturadas, mayor consumo de grasas omega 3 y suprimir totalmente el consumo de bebidas alcohólicas.

 

Incluir la fibra dietética, que encontramos en cereales integrales (arroz integral, pastas integrales, avena, pan integral), frutas y verduras dentro de la alimentación habitual es recomendado debido a su capacidad para disminuir el colesterol en sangre y producir un retraso en el incremento de la glicemia que trae como consecuencia una menor liberación de insulina por parte del páncreas, ayudando de esta forma a controlar la resistencia a la insulina. Junto a lo anterior cabe destacar el mayor poder de saciedad que presentan estos alimentos, lo que ayudaría al tratamiento del sobrepeso y obesidad.

 

Por el contrario, los hidratos de carbono simples, que encontramos en azúcar, fructosa, miel, mermelada, productos de pastelería, helados, bebidas gaseosas y en general todos aquellos productos que contengan azúcar entre sus ingredientes, producen un rápido incremento de la glicemia que trae como consecuencia una mayor liberación de insulina por parte del páncreas que favorecerá el deposito de mayores cantidades de grasa en el hígado, lo que agravará esta enfermedad.

 

Las grasas saturadas se encuentran principalmente en productos de origen animal, tales como, mantequilla, lácteos enteros, quesos maduros, embutidos, fiambres y cortes de carnes grasas (lomo vetado, costillar de cerdo, cordero). Está claramente establecido que dietas con un elevado aporte de grasas saturadas aumentan el deposito de grasas en el hígado, junto con un aumento de los factores de riesgo cardiovascular, como disminución en la sangre del colesterol HDL (colesterol bueno) y aumento del colesterol total y LDL (colesterol malo).

 

Los ácidos grasos omega 3 son un tipo de grasa poliinsaturada que encontramos principalmente en animales marinos, tales como pescados y mariscos, aunque también los encontramos en algunos alimentos de origen vegetal como aceite de canola y frutos secos como nueces y almendras.

 

El efecto positivo de estas grasas en la dislipemia y resistencia a la insulina, ha sido ampliamente demostrado, por lo que este componente de la dieta deberia estar presente en la alimentación del paciente con hígado graso no alcohólico por medio del consumo de pescados o mariscos 2 a 3 veces por semana y el uso diario de aceite de canola o el consumo de 3 a 4 nueces.

 

Otro tipo de grasa saludable que puede reportar un beneficio en el tratamiento dietario del hígado graso no alcohólico, son las grasas monoinsaturadas que podemos encontrar en alimentos como el aceite de oliva, aceite de canola, aceitunas y palta. Este beneficio ha sido claramente demostrado cuando el consumo de estas grasas se reemplaza parcilamente la ingesta de grasas saturadas.

 

Tener además siempre en cuenta que los antioxidantes como la vitamina A, C, E y el selenio, pueden colaborar en evitar una degeneración celular. Las principales fuentes de estos antioxidantes:

 

  • Selenio: Levadura de cerveza, vegetales (brócoli en particular), arroz integral y otros granos, ajo y cebolla, salmón, atún, pescados en general y lácteos.
  • Vitamina E: Aceite vegetales prensados en frío (oliva, girasol, maíz, etc.), cereales integrales, germen de trigo, semillas y oleaginosas, legumbres y avena.
  • Vitamina C: Vegetales verdes, perejil, cítricos, kiwi, tomate, crucíferas, brotes de soja.
  • Vitamina A y betacaroteno: Vegetales verdes (espinaca, acelga) y amarillos (batata, calabaza), crucíferas, zanahorias, ajo y perejil.

 

Otros consejos.

  • Evitar o al menos no abusar de medicamentos como los antiinflamatorios, analgésicos o anticonceptivos.
  • Realizar ejercicio físico favorece la pérdida de peso y el equilibrio metabólico.
  • Reducir los niveles de estrés en la medida de lo posible.

 

Fuente: Revista Vida Natural (Primavera 2014).